4 de agosto de 2009

Síntesis de la filosofía antigua - Primera parte: desde sus orígenes hasta Sócrates

Por Edgar Bravo

El paso del mito al logos. Se denomina así al surgimiento de la filosofía occidental en la Grecia antigua. La mitología representada en los poetas como Homero, autor de la Ilíada y la Odisea, y en Hesíodo, con la Teogonía, muestran una cosmovisión del mundo en un lenguaje mitológico, religioso, propio de una sociedad aristocrática constituida por reinos; en el siglo VI a.C., tales explicaciones parecían no satisfacer la nueva realidad política de la polis (ciudad-Estado). Era necesaria una explicación del universo más acorde con el universo de la polis centrado en la democracia.

Periodo cosmológico. En este contexto aparecen los primeros filósofos[1], llamados de la naturaleza o físicos (de la palabra griega physis=naturaleza) o presocráticos para diferenciarlos del periodo posterior a ellos. Estos pensadores fueron filósofos y científicos a la vez, buscaban explicaciones racionales del universo y con ellas sustituir las explicaciones mitológicas. Este corresponde al primer periodo de la filosofía griega, el cual a su vez marca el inicio del pensamiento filosófico y científico del mundo occidental.

Periodo antropológico. Con el surgimiento de la polis y la instauración de la democracia como forma de gobierno, la preocupación se centra en los asuntos humanos, en la forma en qué debían organizarse los asuntos de la polis: ¿quiénes debían gobernar? ¿cómo salvaguardar la libertad? ¿cómo deberían ser las leyes? ¿cómo se justifica la obediencia al gobernante? ¿cúal es el origen de la leyes morales? ¿en qué consiste la justicia? ¿qué propuestas son mejores que otras? Estos asuntos, entre otros, eran los que más preocupaban a los ciudadanos al punto que en una polis como Atenas se convertirá en el centro de muchos debates filosóficos y políticos.

Los sofistas. Si los poetas como Homero y Hesíodo habían sido los educadores tradicionales ahora aparecía un nuevo tipo de educador encarnado en la figura del sofista. Se promocionaban así mismos como educadores, capaces de enseñar las ciencias y las artes como música, geometría, astronomía, retórica; y también las virtudes políticas, esto es, aquellas que hacían de los griegos buenos ciudadanos. Además cobraban por sus lecciones. Generalmente eran extranjeros, y como sus predecesores, los poetas, se la pasaban viajando por las ciudades e islas del Mediterráneo. Para bien o para mal, los sofistas fueron los protagonistas de su siglo (siglo V a.C.). Fueron polémicos, odiados y respetados. Se distinguen dos generaciones de sofistas. Los grandes sofistas de la primera generación como Protágoras y Gorgias; y los de la segunda generación como Trasímaco, Calicles, Hipias y Glaucón. Los viejos sofistas creían en los valores democráticos y de justicia de la polis y luchaban por ellos; los nuevos sofistas, más pragmáticos, ofrecían el éxito individual para destacarse en las discusiones políticas. Podrían resumirse las dos posiciones de la siguiente manera: para los sofistas de la primera generación lo importante no es sólo parecer justo sino ante todo serlo; para los sofistas de la segunda generación, lo que importa no es ser justo sino ante todo parecerlo. Esta segunda imagen de los sofistas fue la que finalmente se impuso, sobre todo a partir de Platón, e hizo carrera a través de la historia del pensamiento occidental, asociando la figura del sofista a la del engaño y la trampa a través del uso habilidoso del lenguaje. Si bien está imagen no es del todo falsa tampoco es toda la verdad pues no todos los sofistas, como vimos, encajan en esa descripción.

Sócrates. Sin exagerar, se puede afirmar que Sócrates es el padre de la filosofía occidental. A partir de él la filosofía encuentra su camino en las figuras de Platón y Aristóteles, y todos los filósofos de la época helenísitica[2]. El más famoso de los atenienses, nunca abandonó su ciudad natal, excepto cuando estuvo en el ejército en la guerra contra los persas. En él todo es contradictorio, demócrata y aristócrata, pues era del pueblo pero andaba con los aristócratas; racional e irracional, mente fría a la hora de argumentar y discutir pero decía que tenía un daimon (una especie de dios) interior que le avisaba cuando no debía hacer algo. Bohemio y espiritual, podía tomar vino como el que más sin emborracharse jamás y, en seguida, dedicarse a meditar, de pie, toda la noche. Sabio e ignorante, el oráculo de Delfos decía, por boca de la pitonisa (sacerdotisa que daba los mensajes del dios Apolo), que él era el hombre más sabio, pero él consideraba que no sabía nada. Maestro oral, sólo conocemos de él lo que otros han escrito como el comediante Aristófanes, su amigo y compañero de batalla Jenofonte, su discípulo Platón, quien mejor lo dibujó, y Aristóteles que aunque no lo conocía logra hacer observaciones valiosas sobre su pensamiento. Al final de su vida fue procesado y condenado a muerte por los atenienses. A pesar de lo injusto que podía parecer la condena, y de la oferta de sus amigos de escapar de ella, Sócrates tenía la convicción de que era preferible padecer una injusticia antes que cometer una, así estuviera en peligro su propia vida. Estaba convencido de que no basta con vivir sino que hay que llevar una vida buena y en constante cuestionamiento. En dos de sus diálogos, Apología de Sócrates y Fedón, Platón reconstruye el juicio y el momento final de su vida.

El pensamiento de Sócrates cabe dentro de una corriente filosófica que se puede denominar “intelectualismo ético”, entendiendo por este una alta valoración del conocimiento al punto de considerar que el conocimiento de lo que es bueno es capaz de transformar y determinar las actitudes y el comportamiento de los seres humanos hacia el bien y la justicia. Esta actitud se expresa en la sentencia socrática según la cual la virtud es conocimiento. El término virtud corresponde a la palabra griega areté que significa excelencia; en el caso de Sócrates se refiere a la excelencia moral. Quien conoce lo bueno no puede obrar en sentido contrario; de ahí, que el mal, el vicio, es ignorancia. Surge la pregunta sobre la forma de conocimiento que sea capaz de transformar al sujeto de manera tal que obre según lo bueno.

Haciendo honor al significado etimológico de la palabra filósofo (“amante de la sabiduría”), Sócrates afirmaba “sólo sé que nada sé”, haciendo de esta premisa la esencia de su método de indagación filosófica al pretender convencer a su interlocutor que aunque creía que sabía algo no sabía nada. Siendo entonces la conciencia de la propia ignorancia el primer paso para la sabiduría.

De otra parte, Sócrates había hecho suya la sentencia que aparecía a la entrada del oráculo de Delfos, “conócete a ti mismo”, al punto que la había convertido en la divisa con que cuestionaba a sus interlocutores. De su madre, Sócrates decía que había heredado el oficio de partera (de ahí el nombre de su método mayéutica), en el sentido en que quien filosofaba con Sócrates se hacía sabio pues llegaba un momento en que comenzaba a dar a luz ideas que no sabía que tenía.

A diferencia de los sofistas que pregonaban la relatividad y a veces el escepticismo respecto a la posibilidad de adquirir el conocimiento, Sócrates, al igual que su discípulo Platón, estaba convencido de la posibilidad y objetividad del conocimiento. De ahí su preocupación por encontrar la esencia de los valores universales a través del concepto, ¿qué es lo bueno? ¿qué es lo justo? ¿qué es la belleza? ¿qué es lo útil? No encontrar una respuesta precisa no implica su imposibilidad sino más bien una señal de la dificultad de lo que implica alcanzar la sabiduría moral. Será Platón quien desarrolle este problema en su famosa teoría de las Ideas.



[1] Escuela de Mileto: Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Pitágoras de Samos, Heráclito de Efeso. La escuela de Elea: Jenófanes, Parménides y Zenón. Los pluralistas: Empédocles, Anaxágoras, Leucipo y Demócrito.

[2] Epicuro, Zenón de Citio, Diógenes “el cínico”, Epicteto, Pirrón, entre muchos otros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada