Por Edgar Bravo M. [1]
Este artículo analiza los retos de la educación superior en el proceso formativo, destacando la necesidad del estudio de la condición humana desde un enfoque complejo que incluya lo racional, lo afectivo, lo social y lo espiritual, más allá de satisfacer únicamente las demandas del mercado laboral. Se propone que una educación integradora, que no descuide lo afectivo, contribuye al desarrollo de la autonomía, concebido este como uno de los fines centrales de la educación.
La educación superior enfrenta hoy en día un desafío profundo y complejo. Los fines principales de la educación deben ser la autonomía intelectual y moral, el desarrollo de las capacidades y la preparación para afrontar las demandas de la vida profesional y laboral. Esto implica formar individuos capaces de tomar decisiones informadas y responsables, de pensar por sí mismos, de comprender y gestionar sus emociones, y de interactuar de manera empática y respetuosa con los demás.