6.6.26

La accción moral como práxis de la libertad

 

Por Edgar Bravo M

La acción moral como praxis de la libertad explora cómo la ética surge en el espacio donde las pasiones humanas se encuentran con la posibilidad de elegir. A partir de ejemplos clásicos —como la hybris de Aquiles en la Ilíada— y de distinciones filosóficas entre necesidad y libertad, praxis y poiesis, el texto muestra que el acto moral se configura en torno a motivos, fines, medios, consecuencias y circunstancias. En este horizonte, la dignidad humana, formulada por Kant como un imperativo categórico, se presenta como núcleo inviolable de la convivencia. La reflexión invita a reconocer que la moralidad no es un esquema rígido, sino un horizonte crítico que orienta la libertad responsable y sostiene la vida en común. 

1. La experiencia ética de la mesura 

La ética existe porque existen las pasiones. No importa el enfoque que adoptemos: algunos autores señalan que el homo sapiens, el hombre sabio, es en realidad un ser emocional que usa la razón, o un ser pasional que dispone de razón. Sea como fuere, las pasiones están presentes en la mayoría de los conflictos humanos, aunque no siempre se reconocen como tales. Con frecuencia se racionalizan y se encubren bajo argumentos aparentemente lógicos. Una disputa política puede justificarse con razones ideológicas, pero en el fondo responder al orgullo o al resentimiento; una rivalidad académica puede presentarse como defensa de la verdad, cuando en realidad nace de celos o vanidad; una decisión empresarial puede explicarse como estrategia, aunque esté motivada por la codicia o el miedo. 

Somos seres sociales no solo porque necesitamos unos a otros para sobrevivir frente a la naturaleza, como señalaron Aristóteles y Platón, sino también porque debemos aprender a convivir en comunidad. De ahí surge la idea de la polis, la comunidad política, como espacio donde la vida en común se organiza y se regula. La convivencia implica renunciar a nuestras pulsiones inmediatas, a la gratificación instantánea, y reconocer al otro como alguien con derechos y dignidad. Nadie tiene derecho a todo; existen límites que debemos aceptar para que la vida en común sea posible. Precisamente, la ética se ocupa de trazar esos límites: es la experiencia de la mesura, la conciencia de aquello que no debe sobrepasarse para que la convivencia humana se sostenga. 

Un ejemplo clásico aparece en la Ilíada. Primero, Aquiles se siente herido en su orgullo por Agamenón —quien le quita a su esclava como compensación—. Encolerizado, decide retirarse del combate y pone en riesgo a sus propios compañeros. Los viejos guerreros intentan calmar su cólera, recordandole que no conviene desafiar a los dioses. Finalmente, Patroclo, bajo la autorización de Aquiles, vuelve al combate y pierde la vida a manos de Héctor, quien lo confunde con Aquiles al verlo con su armadura. 

Versión PDF