Por Edgar Bravo
El viaje hacia la comprensión del cerebro humano es, en esencia, una travesía inconclusa. La tecnología ha abierto ventanas en el estudio del cerebro, revelando que el cerebro no es una entidad deteminada, sino un proceso en constante transformación.
Gracias al desarrollo de la tecnología en las últimas décadas, se han podido lograr avances significativos en la comprensión del órgano más complejo del ser humano: el cerebro. En 1925 se inventó la electroencefalografía (EEG) para estudiar la actividad eléctrica de las neuronas del cerebro. Consiste en adherir a la cabeza una serie de electrodos conectados a un amplificador que detecta la actividad cerebral de las neuronas, las cuales se registran en una pantalla o en papel en forma de ondas. En 1979, se desarrolló la tomografía axial computarizada (TAC), técnica que permitía por primera vez ver directamente el cerebro. En 1971 se desarrolló una técnica conocida como imágenes por resonancia magnética que permitía examinar la anatomía del cerebro con mayor detalle. En la década de los 90 la resonancia magnética funcional no solamente provee información sobre la anatomía, sino también sobre la función del cerebro. Está técnica es muy útil pues permite detectar qué parte del cerebro se activa cuando estamos haciendo algo específico. En 1985 se desarrolló la resonancia magnética por difusión, la cual permite estudiar la microanatomía y las conexiones entre las diversas áreas cerebrales. Finalmente, también existe otra técnica llamada tomografía por emisión de positrones. En suma, el desarrollo progresivo de estas técnicas de neuroimagen ha permitido ampliar de manera decisiva nuestro conocimiento sobre la estructura y función del cerebro, consolidando un puente entre la tecnología y la comprensión científica de la mente humana. (Gómez, Yepes. 2028, 19-28).
A pesar de estos avances significativos, aún estamos lejos de descifrar todos los misterios del cerebro humano. Estos descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro han cuestionado muchas creencias más o menos arraigadas sobre el cerebro, entre ellas la creencia de que el cerebro era una estructura fija, por lo que la inteligencia en correspondencia se creía que también era algo dado, invariable. En este sentido, el mayor descubrimiento es el de que el cerebro está en permanente proceso de autoconstrucción. Esta capacidad permanente del cerebro de modificar sus conexiones neuronales se conoce como plasticidad, y es uno de los principales conceptos de la neurociencia moderna. Cada acción o pensamiento repetido fortalece las conexiones neuronales, dejando huellas físicas duraderas. Esto significa que tenemos la capacidad biológica de transformar nuestra propia estructura cerebral, siempre que actuemos con la intención de hacerlo. La plasticidad permite a las neuronas adaptarse al entorno, generar conexiones, fortalecer otras y crear nuevas redes neuronales.
En promedio los seres humanos tenemos entre 86.000 y 100.000 millones de neuronas o células nerviosas. Esta cifra de por sí astronómica, palidece ante las conexiones neuronales que la actividad cerebral es capaz de generar. Todo el tiempo se producen conexiones neuronales. Para hacernos una idea, si sumamos toda la red disponible de internet en todo el planeta, en conjunto serían aproximadamente 30.000 millones de páginas web, mientras las sinapsis que un cerebro es capaz de generar son de 100.000 billones, es decir, es como si en nuestra cabeza tuviéramos el equivalente a tres redes de internet juntas.
Como hemos visto, los avances tecnológicos y el descubrimiento de la plasticidad, muestran que, aunque aún no hemos descifrado todos los misterios del cerebro humano, ya contamos con las herramientas y conocimientos que revelan su capacidad de transformación. En síntesis, la neurociencia nos revela que somos un proceso en permanente construcción.
Fuentes:
Toro, Jaime; Sanz, Manuel. El cerebro del siglo XXI (2018).
Yuste, Rafael (2025). El cerebro, el teatro del mundo. Paidós
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