14.2.23

Descartes, la travesía de un viajero


Por Edgar Bravo M.

Más allá de los lugares comunes que ubican a Descartes como el iniciador de la filosofía moderna, como el filósofo racionalista de la modernidad, la pretensión de este ensayo es otra; digamos que tampoco trata acerca de su contribución a la historia de la filosofía, o del análisis de tal o cual problema clásico de la filosofía cartesiana (el cogito, Dios, el método, las verdades eternas, entre otros).


La pretensión de este ensayo es mucho más modesta, marginal si se quiere, pero, en mi opinión, iluminadora y estimulante para pensar la naturaleza de la actividad filosófica. De ahí que no se trata aquí de reelaborar un discurso sobre la filosofía cartesiana, sino de reflexionar sobre aquello que hace Descartes como filósofo. Quizá esa es la mejor manera de aprender a filosofar.

Esta reflexión se articula alrededor de una preocupación constante de Descartes por encontrar un camino que le permita conducir su vida de la manera más recta y segura posible. Para el desarrollo de esta idea me centro en la lectura de tres textos, la primera y la tercera parte del Discurso del método, publicado en francés en 1637 cuando Descartes tenía 41 años, y en una carta a la princesa Elizabeth, del 4 de agosto de 1645. La primera parte del Discurso es una especie de autobiografía personal e intelectual del filósofo francés; los otros dos textos son una exposición de su moral. Los tres textos, como la mayoría de su obra, está atravesada por la metáfora del viaje[1]. Podemos aprovechar la misma para reconstruir su recorrido intelectual.

 

La formación y el discurso cartesiano se desarrollan para este fin en dos perspectivas. La primera se desarrolla en tres momentos: la lectura y el estudio de los libros de los autores clásicos y antiguos, su viaje por “el gran libro del mundo” y la construcción de su propio método para alcanzar un conocimiento cierto. La segunda coincide e inicia con este último momento, con esa búsqueda de certeza intelectual, para lo cual postula un moral de provisión, mientras revisa y pone en duda radicalmente sus creencias. Esta reforma privada de su entendimiento hace un desplazamiento, no sin cierta sutileza, hacia un escenario político. Aquí se desarrollarán algunas ideas para mostrar la convergencia de ambas perspectivas.

  

Primera perspectiva: de la errancia a la certeza

Descartes, desde los ocho hasta los diecisiete años, cursa sus primeros estudios en el Colegio de La Fléche, dirigido por los jesuitas, ahí recibe una formación sólida y amplia en la mejor tradición del estudio de los textos de los autores clásicos y antiguos; esto es, la filosofía antigua y la escolástica, también adquiere una sólida formación en matemáticas y ciencias.

 

Su experiencia central gira alrededor de la lectura, esa otra manera de viajar: “pues conversar con los de otros siglos es casi lo mismo que viajar”.[2]; sin embargo, Descartes detecta el peligro del exceso de lectura ya que “cuando se emplea demasiado tiempo en viajar uno se vuelve finalmente extranjero en su país”[3]. Esta preocupación del filósofo francés por evitar extraviarse, este temor a equivocar el camino, es constante a lo largo de ese recorrido que es el Discurso mismo, pero al mismo tiempo es el aliciente para seguir buscando un camino recto y seguro. El peligro de la lectura es, para Descartes, perderse en el texto, es decir, volverse ajeno a sí mismo[4].

 

En 1613, un año después de haber terminado sus estudios con los jesuitas, no cuenta Descartes que decidió explorar otro camino el resto de su juventud dedicándose a leer en el gran libro del mundo[5]. Aquí se invierten los términos entre la lectura y el viaje, ya no se trata de leer como una manera de viajar, sino de viajar para leer en el mundo al mundo mismo. Pero esta inversión de la experiencia tampoco le da el resultado esperado, “apenas encontraba seguridad y advertía casi tanta diversidad como antes en las opiniones de los filósofos”[6].

 

Esa doble errancia por el mundo de los libros y el libro del mundo aparece entonces como el precedente del tercer momento, aquel que la permitirá “aprender a distinguir lo verdadero de lo falso para ver claro en mis actos y andar seguro en esta vida”[7].  Tendrá que des-hacerse de ella para realizar, ahora sí, su propia travesía, “Tomé un día la resolución de estudiar también en mí mismo y de emplear todas las fuerzas de mi espíritu en elegir los caminos que debía seguir” y “en cuanto a lo que se refiere a todas las opiniones que yo había admitido hasta entonces en mi creencia no podía hacer nada mejor que emprender de una vez su supresión”[8]. Sin embargo, esa reforma privada de su entendimiento sólo es posible desde las opiniones hechas con los libros y los viajes o, mejor dicho, contra esas opiniones. Descartes vuelve sobre sí mismo para encontrar(se), evitar el extravío que produce la excesiva lectura y los continuos viajes, y buscar en sí mismo un camino seguro para conducir su vida.

 

 

Segunda perspectiva: de la reforma privada del entendimiento y la moral de provisión a la reforma política.

La posibilidad de la reforma privada del entendimiento propuesta por Descartes solo es posible sobre el amparo de una ‘moral de provisión’ ya que “es necesario haberse provisto de alguna otra (casa) donde se pueda estar alojado cómodamente mientras se trabaje”. Descartes afirma además el carácter privado de su proyecto, “mis propósitos nunca han ido más allá de que de tratar de reformar mis pensamientos y construir sobre un fundamento que es completamente mío”[9]. Con un talante francamente conservador, Descartes propone en su Discurso una máxima que podría resumirse en la sentencia “a donde fueres has lo que vieres”[10]. Parecería entonces que Descartes imbuido en su aventura intelectual se margina de la vida política. Sin embargo, tales planteamientos son cuestionados por la perspectiva y los alcances de su propio proyecto.

 

Hay varias razones para pensar que Descartes es consciente del alcance político de su proyecto. En primer lugar, ¿por qué Descartes da a conocer la publicación de su reforma ‘privada’? Este hecho pone en cuestión el carácter eminentemente privado de su reforma. En segundo lugar, Descartes publica en 1637 su Discurso del método en francés, hecho sin precedentes, contrario al uso del latín, que es la lengua ‘oficial ‘de los filósofos y teólogos de la época; ¿qué buscaba Descartes con la publicación de su obra en francés? En tercer lugar, existe una marcada diferencia en un lapso de ocho años ente la publicación de la moral de provisión del Discurso y la reformulación, o mejor, la reafirmación de la misma en la carta a Elizabeth del 5 de agosto de 1645, respecto al destinatario de la misma. Mientras en el Discurso las máximas se formulan en primera persona,[11] en la carta a Elizabeth se formulan en tercera persona[12]. En la segunda el destinatario es público, cualquier persona culta, por ejemplo. En cuarto lugar, contra Aristóteles Descartes había sostenido la unidad de la razón como la vía para alcanzar la verdad y andar seguro por la vida. De hecho, encuentra en la ciencia y, sobre todo en las matemáticas, la posibilidad de un lenguaje de alcance universal. No hay que olvidar que en su edición original el Discurso del método no era sino el prefacio de un compendio científico[13]. En quinto lugar, la reforma del entendimiento propuesta por Descartes sobre sí mismo no es posible sin cuestionar y suprimir la formación, la educación y las costumbres que había observado en el mundo de los libros y en el libro del mundo. ¿No tendría acaso la pretensión de que sus Principios de filosofía pudieran bien sustituir a los manuales escolares y escolásticos en los que él mismo se había formado? Es difícil no considerar en Descartes un paso de un escenario privado a uno político. Sus razones tendría Descartes para no formular explícitamente esa reforma política. Sabemos por sus biógrafos que amaba la soledad y la tranquilidad que le permitían pensar y meditar; no tendría, pues, mucho interés traicionar su temperamento para entrar en un mundo político y convulsionado.[14] Es suficiente para su temperamento las polémicas que sostiene con los hombres cultos de su tiempo.

 

Las dos perspectivas que he insinuado, en mi opinión, constituyen una pista para entender el proyecto cartesiano y su influencia en la modernidad. La imposibilidad de encontrar la certeza definitiva en la vida moral, la influencia de la ciencia en la educación, como rasgos de la modernidad aparecen ya en Descartes. Así mismo, Descartes hizo de su vida una travesía permanente,[15] también viajero intelectual, su vida fue una experiencia de un continuo hacerse, des-hacerse y rehacerse. Así Descartes se construye y asume como sujeto. Otra prueba de esto es su escritura: escribe como un explorador y descubridor, su lenguaje es sencillo pero vigoroso, sin afectación, más preocupado por transmitir sus descubrimientos que por hacer discípulos. Con Descartes estamos en la modernidad. 

 

 

 

 

Bibliografía

 

Descartes, René. (1967). Obras escogidas, edición de Ezequiel Olaso, Buenos Aires: Editorial Sudamericana. P. 139.

Larrosa, Jorge. (1996). La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. Barcelona: Laertes.

Scharfstein, Ben-Ami. (1996). Los filósofos y sus vidas. Para una historia psicológica de la filosofía.


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Notas

[1] Larrosa, 1996, p. 199. 

[2] Discurso del método, en Descartes, René. (1967). Obras escogidas, edición de Ezequiel Olaso, Buenos Aires: Editorial Sudamericana. P. 139. De aquí en adelante todas las citas corresponden a esta edición.

[3] Descartes, 1967, p. 139.

[4] Larrosa, 1996, p. 201.

[5] Descartes, 1997, p. 142.

[6] Descartes, 1967, p. 142.

[7] Descartes, 1967, p. 142.

[8] Descartes, 1967, p. 139.

[9] Descartes, 1967, p. 139.

[10] Dice así la primera máxima: “obedecer a las leyes y a las costumbres de mi país conservando con firmeza la religión en la que Dios me ha dado la gracia de ser instruido desde mi infancia y rigiéndome en todo lo demás según las opiniones más moderadas y alejadas del exceso, que fuesen comúnmente admitidas en la práctica por los más sensatos de quienes con ellos tendría que vivir”. (Descartes, 1967. p. 153).

[11] “… con el fin de no permanecer irresoluto en mis acciones,… me formé una moral provisional… La primera es obedecer a las leyes y a las costumbres de mi país… y rigiéndome según las opiniones más moderadas y alejadas del exceso… Mi segunda máxima era ser lo más firme y resuelto que pudiera en mis acciones… Mi tercera máxima fue tratar siempre de vencerme a mí mismo más que a la fortuna, y de cambiar mis deseos más que el orden del mundo… Por último, … pensé que no podía hacer nada mejor que continuar en la misma (ocupación) en que estaba, es decir, dedicar toda mi vida al cultivo de mi razón y progresar todo cuanto pudiera en el conocimiento de la verdad siguiendo el método que me había propuesto”. P. 152-156. Los subrayados son míos.

[12] “La primera es que cada uno trata de servirse siempre, lo que mejor pueda su espíritu… La segunda, que cada uno tenga la firme y constante resolución de ejecutar todo lo que la razón le aconseje… La tercera, que mientras cada cual se conduce así, tanto como puede, según la razón, considere que todos los bienes que no posee están absolutamente fuera de su poder. Pp. 431-432. Los subrayados son míos.

[13] El compendio estaba conformado por La Dióptrica, Los Meteoros y Geometría.

[14] La formulación de su proyecto de reforma y la de su moral de provisión en el Discurso del método inicia y termina con una alusión a las guerras.

[15] De hecho, encontró la muerte a raíz de su viaje a Estocolmo por invitación de la reina Cristina de Suecia en 1650.

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