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20.1.22

Descartes, la travesía de un viajero

Edgar Bravo M. 
Descartes hizo de su vida una travesía permanente, también viajero intelectual, su vida fue una experiencia de un continuo hacerse, des-hacerse y rehacerse. Escribe como un explorador y descubridor, su lenguaje es sencillo pero vigoroso, sin afectación, más preocupado por transmitir sus descubrimientos que por hacer discípulos. Con Descartes estamos en la modernidad.

Más allá de los lugares comunes que ubican a Descartes como el iniciador de la filosofía moderna, como el filósofo racionalista de la modernidad, la pretensión de este ensayo es otra; digamos que tampoco trata acerca de su contribución a la historia de la filosofía, o del análisis de tal o cual problema clásico de la filosofía cartesiana (el cogito, Dios, el método, las verdades eternas, entre otros). La pretensión de este ensayo es mucho más modesta, marginal si se quiere, pero, en mi opinión, iluminadora y estimulante para pensar la naturaleza de la actividad filosófica. De ahí que no se trata aquí de reelaborar un discurso sobre la filosofía cartesiana, sino de reflexionar sobre aquello que hace Descartes como filósofo. Quizá esa es la mejor manera de aprender a filosofar. Esta reflexión se articula alrededor de una preocupación constante de Descartes por encontrar un camino que le permita conducir su vida de la manera más recta y segura posible. Para el desarrollo de esta idea me centro en la lectura de tres textos, la primera y la tercera parte del Discurso del método, publicado en francés en 1637 cuando Descartes tenía 41 años, y en una carta a la princesa Elizabeth, del 4 de agosto de 1645. La primera parte del Discurso es una especie de autobiografía personal e intelectual del filósofo francés; los otros dos textos son una exposición de su moral. Los tres textos, como la mayoría de su obra, está atravesada por la metáfora del viaje. Podemos aprovechar la misma para reconstruir su recorrido intelectual.                                                                                                                           
La formación y el discurso cartesiano se desarrollan para este fin en dos perspectivas. La primera se desarrolla en tres momentos: la lectura y el estudio de los libros de los autores clásicos y antiguos, su viaje por “el gran libro del mundo” y la construcción de su propio método para alcanzar un conocimiento cierto. La segunda coincide e inicia con este último momento, con esa búsqueda de certeza intelectual, para lo cual postula un moral de provisión, mientras revisa y pone en duda radicalmente sus creencias. Esta reforma privada de su entendimiento hace un desplazamiento, no sin cierta sutileza, hacia un escenario político. Aquí se desarrollarán algunas ideas para mostrar la convergencia de ambas perspectivas.

Para acceder al texto completo: aquí.

13.2.20

Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?

Inmanuel Kant
En este texto de 1784, el filósofo alemán plantea el problema de la ilustración en tanto que ejercicio de la autonomía, es decir, como que cada sujeto adquiera la capacidad de “servirse de su propio entendimiento sin la dirección de otro”. Renunciar a dicha tarea “significa violar y pisotear los sagrados derechos de la humanidad”. Sin embargo, existen algunos obstáculos que retrasan o impiden el acceso a la Ilustración. Algunas residen en el propio sujeto, otras en intereses de terceras personas que se aprovechan de la comodidad de quienes optan permanecer menores de edad durante toda su vida. “¡Es tan cómodo ser menor de edad! A lo largo del texto, Kant examina estas cuestiones en distintos aspectos de la vida pública a partir de la distinción práctica entre el uso público de la razón y el uso privado de la razón. Al final del escrito, se hace la pregunta de si “¿vivimos ahora en una época ilustrada?” y examina las implicaciones que una respuesta debería considerar. Este texto es una defensa de la divisa de la modernidad: ¡sapere aude! (¡atrévete a pensar!).    Acceder al texto: PDF


25.7.18

Las tres transformaciones del espíritu

Friedrich Nietzsche
El autor de Así habló Zaratustra examina las transformaciones y la lucha del espíritu humano que busca su emancipación: pasar de camello a león, y de este a niño. Transformarse, una y otra vez,  se trata "de separarse, de alejarse de aquello a lo cual habría necesidad de decir no una y otra vez" (Ecce Homo, 3) hasta "llegar a ser - como decía Píndaro - el que es", a producir y descubrir el verdadero deseo. Sirve como corolario al texto de Nietzsche, lo que dice Gilles Deleuze: "Nunca encontraremos el sentido de algo, si no sabemos cual es la fuerza que se apropia de la cosa, que la explota, que se apodera de ella o se expresa en ella" (Nietzsche y la filosofía).   Para acceder al texto de Nietzsche: PDF




7.7.15

Acerca del prejuicio

Voltaire

Prejuicio es admitir una opinión sin haberla antes juzgado. De esta forma, en todas las partes del mundo inspiramos a los niños las opiniones que queremos antes que puedan juzgarlas. 

Hay prejuicios universales y necesarios que se proponen inculcar la virtud. En todos los países enseñan a los niños a reconocer la existencia de un Dios que castiga y premia, a respetar y querer a los padres, a considerar el robo como un crimen y la honestidad como una virtud, antes que los niños puedan comprender qué es el vicio y la virtud. Existen, pues prejuicios buenos que el juicio ratifica cuando el ser humano empieza a razonar. 

El sentimiento no es un prejuicio, sino algo muy superior. La madre no ama a su hijo porque le dicen que debe quererlo; le ama porque le ama. En cambio, respetamos por prejuicio al hombre revestido de ciertos hábitos que camina y habla con gravedad. Nuestros padres nos han dicho que debemos inclinarnos ante él y le respetamos antes de saber si merece nuestro respeto. Crecemos en edad y en conocimiento, nos percatamos de que ese hombre es un charlatán, interesado y orgulloso, y entonces despreciamos al que respetábamos ayer y el prejuicio sucumbe ante nuestro juicio. 

Diccionario filosófico, 1764